Mini-serie estúpida al KO en tres asaltos
Segundo asalto
La competencia se presentaba seria. Cada mujer tocaba a cinco tíos y medio (por lo bajo), descartando a una panda de estudiantes de matemáticas, que nunca cuentan. Di una primera vuelta de reconocimiento, con la cabeza bien alta y fijando la vista en quien pudiera interesarme durante algunos segundos, los suficientes para que se dieran cuenta de que estaban siendo observadas pero sin parecer un baboso o un miope sin lentillas que busca la puerta del baño. Tras la primera vuelta, copa. Era necesario un contacto con el ron para recapacitar y fijar una estrategia firme.
Estaba solo, lo cual representaba un serio escollo para relacionarme. Tenía pinta de lo que era, un desesperado. Como eso siempre resulta problemático, cambié de posición varias veces, acercándome a grupos de gente con la copa. Sonreía de vez en cuando sin sentido aparente, intentando dar el pego dentro de una sociedad a la que no pertenecía. Tenía la intención de ver si alguna chica me identificaba con un grupo conocido y, al menos, preguntaba por mí. Evidentemente, la estrategia era nefasta, triste y vergonzante. En poco tiempo me vi en la barra acabando con la que era ya la segunda consumición de la noche.
Las ilusiones que me había creado superaban infinitamente la realidad a la que me estaba enfrentando. Hubiera sido mejor quedarme en casa refugiado tras alguna justificación más o menos creíble, ideando una lista inmensa de mentiras para contar a mis amigos el día siguiente. Pero estaba ahí. Mi orgullo impedía la retirada. Apuré el ron con determinación, escupí la pepita de limón que se había colado en mi boca y salí del bar como si estuviese buscando a alguien, móvil de la mano, falseando mi expresión a lo Bruce Willis.
Una vez en la calle, intimidado por la mirada del portero, esperé unos cinco minutos hasta darme cuenta de lo que realmente estaba haciendo. El hecho de observar mi triste situación desde fuera me provocaba una indigesta mezcla de simpatía y lástima. Un suspiro, hombros hacia atrás en círculo, estiramiento de cuello. Valor. Entré de nuevo, pedí la tercera copa, bebí la mitad sin darme cuenta y volví a dar un par de vueltas a la sala fijando la vista en objetivos como ya había hecho antes, sólo que ahora no resultaba ni la mitad de discreto y mis pasos ganaban en arritmia proporcionalmente al ron ingerido.
- Pero que buena que estás…mmm…-decía entre dientes cada vez que le echaba el ojo a alguna.
Parado en la barra con la postura típica española, cuando no era ignorado directamente, recibía contestaciones gestuales nada agradables. Quizá lo que yo pensaba que decía para mí sonaba algo más alto, o puede que alguna supiera leer los labios. Qué sé yo.
Pivoté torpemente sobre mi codo izquierdo y me dirigí a la camarera.
- ¿No te conozco? – le dije, sin saber adónde me llevaría esto.
- Pues no- respondió muy seca.
- Es que creía que eras amiga de …¡vaya!, que no me sale el nombre…ese que estudia en empresariales… - no podía fallar, todo el mundo conoce a alguien en empresariales- Sí, sí… pues es colega mío, ¿sabes? Me dijo que trabajabas aquí y que a lo mejor...
- Las copas a cinco euros –me cortó implacable.
- ¿Qué?
- Que ni conozco a nadie en empresariales, ni te voy a invitar a nada. – respiró profundamente. Tras una pausa medida al milímetro, continuó.- Y como me sigas mirando ahí, encima te llevas un tortazo.
- Ron cola, por favor.
- Pues no- respondió muy seca.
- Es que creía que eras amiga de …¡vaya!, que no me sale el nombre…ese que estudia en empresariales… - no podía fallar, todo el mundo conoce a alguien en empresariales- Sí, sí… pues es colega mío, ¿sabes? Me dijo que trabajabas aquí y que a lo mejor...
- Las copas a cinco euros –me cortó implacable.
- ¿Qué?
- Que ni conozco a nadie en empresariales, ni te voy a invitar a nada. – respiró profundamente. Tras una pausa medida al milímetro, continuó.- Y como me sigas mirando ahí, encima te llevas un tortazo.
- Ron cola, por favor.
Me puso la copa con desgana, sin limoncito por el borde y con un hielo de más.
- ¿Y una uñita? - pregunté incauto.
- Tú eres un poco imbécil, ¿no?
Con igual dosis de vergüenza y enfado dando vueltas por mi cuerpo, susurré para mí:
- Pues con la mierda de garrafón que tenéis, habérmela puesto no hubiese sido mala venganza, so cabrona.
A pesar de que mis últimas palabras fueron dichas un poco más bajito, ese día tenía un serio problema de volumen en mi voz. Me escuchó todo, absolutamente todo. El hostión era sólo cuestión de segundos. O menos. Efectivamente, llegó el guantazo a mano abierta. Un clásico.
