viernes, 12 de mayo de 2006

4.El Silencio

No sólo del tao vive el hombre.

Te escuché sin ordenar las palabras en mi mente porque sólo estaba pendiente del timbre de tu voz, del movimiento de tus labios y de la dirección en la que miraban tus ojos.

No me sobraba tiempo para otra cosa que no fuera disfrutar a tu lado, y por eso intentaba alargar la conversación como fuera, sacando de mi repertorio cualquier frase medianamente ocurrente o proponiendo algún tema que pudiera interesarte. La mayoría de las veces no resultó, lo sé, pero sabes bien que no puedo pensar claramente si estás cerca.

En ocasiones veía tus respuestas como guiños hacia mí, gestos personales que quizá me regalabas. Pero eso era imaginación, imaginación en estado puro. Si nuestras miradas se cruzaban era fruto de la casualidad, aunque yo no parase de mirarte. Si sonreías era fruto del contexto, y si me rozabas era sólo eso, un roce. Cuántas veces me había convencido de que había algo subyacente. Y sólo era yo. Sólo los innumerables cálculos de mi cerebro para reflejar en uno de tus gestos mecánicos toda una fantasía por desear. Sólo una ilusión más leve que el aire que emites al decir una palabra.

Pero estaba ahí, cegado por una venda que yo mismo había tejido, doblado y atado. Y era feliz, extrañamente feliz.


Seguí hablando, se nos iba el tiempo. Se nos acababan los temas. Entonces, acogido en una tenue aunque cálida luz, se hizo un silencio. No sé cuánto duró (me gustaría no saberlo nunca), pero la dimensión que alcanzó fue prácticamente eterna. En ese instante te besé, te abracé y te dije todo aquello que guardaba celosamente. En ese instante fuiste mía, mía por un segundo, mía para siempre. El silencio abrigaba y a la vez ponía en evidencia mi timidez. Tú sólo esperabas que pasara el tiempo, o quizás también me besabas. Desgraciadamente, es probable que sólo mi mente actuara durante ese espacio que la casualidad me había prestado. Pero no tenía importancia. Era irrelevante que tú sintieras lo mismo porque nunca pasó nada real, lo sabes mejor que yo. Eso sí, volví a besarte y a abrazarte, viajé contigo a todos esos lugares que quiero visitar, rocé tu mejilla suavemente, pasé la mano por tu cintura y te miré sin decir nada. Mientras permanecías sentada, con tus manos sobre las rodillas y esperando alguna frase que reactivara la conversación, yo caminaba a tu lado, fijándome en la caída de tu pelo sobre el pómulo, en el vaivén de cadera que acompañan tus pasos o en la fina arruga que se perfila, junto a tus ojos, cada vez que sonríes. Imaginaba todos los silencios que podría saborear contigo, cada uno de los instantes sin dueño que podría dedicar a contemplarte, cada porción de tiempo susurrado que tendría, afortunadamente, cerca de ti. Pero eso era fantasear en exceso. Lo único cierto es que ese preciso silencio, ese y no otro, era exclusivamente mío.

Se hacía tarde y tenías que volver a casa. En mi despedida se trabaron las palabras, entorpecidas por tantas otras que hubiera dicho y que jamás fui capaz de expresar.

Te alejaste caminando de la misma forma que había imaginado, pero esta vez yo estaba demasiado lejos.

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jueves, 4 de mayo de 2006

3.Mejor solo que mal acompañado

No tardé en ponerme en acción y buscar cualquier información fiable relacionada con la espiritualidad oriental. Ya era hora de dejar de preocuparse por las banalidades que hasta entonces me habían atormentado. Los abdominales asimétricos, el michelín amenazante y el tic nervioso habían pasado a segundo orden. Una nueva obsesión germinaba alejada ya de las cremas faciales, del sudor del gimnasio y de los botes de L-carnitina. Entraba triunfalmente en mi vida una gran forma de distinguirme frente a la simplicidad atmosférica de mis semejantes: la sabiduría ancestral de los chinos y sus vecinos.

Sentado con las piernas cruzadas tenía frente a mí, sobre el suelo de la habitación, un buen número de revistas que poco antes había comprado en el kiosco. Había hecho una exhaustiva selección de la literatura mensual, no faltaban revistas con títulos sugerentes como “cuerpo-mente”, “salud integral” y “vivir mejor”. No había olvidado una revista sobre sucesos paranormales -para reírme un rato entre lecturas- y otra sobre la marihuana, donde algunos de sus redactores alcanzan la iluminación sin dificultad tras sus citas con un tal “peyote”. Al menos para empezar, tenía espiritualidad de sobra.

Abrí una de esas revistas por el índice y busqué algo que me llamara la atención. Tras echar una ojeada somera, cerré la publicación y releí el título de la portada. Me extrañó que la revista fuera de salud porque toda ella hablaba de dietas imposibles, medidas de cintura ridículas e índices de grasa corporal sólo alcanzables tras años de momificación. Cuando casi había descartado ese montón de páginas inservibles me percaté de un artículo al final de la revista, al lado de un cuadro publicitario sobre unas pastillas quema-grasa extraordinarias. El artículo se titulaba “controla tu peso mediante la meditación”. Obviando la primera parte de la frase, me parecía algo medianamente digno de leer. Además, la chica que posaba en la foto, sentada en una playa blanca larguísima y tranquila, tenía un cuerpo increíble que invitaba, si no a la lectura, al menos a permanecer en sus alrededores. Llevaba una letra china sobre su cabeza, montada por ordenador, lo cual identifiqué como señal inequívoca de que me encontraba en el buen camino. Me leí los tres párrafos del escrito un par de veces para acordarme muy bien de todo, dejé la revista abierta a mi lado y encendí un cigarro, más que nada para obtener una buena dosis de nicotina y estar preparado. Nunca se sabe cuánto tiempo vas a pasar meditando.
Bajé las persianas de mi habitación dejando muy poca luz y agarré un cojín para que mi culo no se enfriara demasiado con el suelo. Me quité los pantalones para no molestar las inspiraciones. Unas notas de música relajante y varias respiraciones profundas era lo único que necesitaba para comenzar. Me senté con las piernas cruzadas tras intentar sin éxito la postura del loto, la cual me habría dejado cojo para siempre si hubiese podido encajar los tobillos como hacen los yoguis. El comienzo de la meditación parecía muy sencillo, tan sólo había que cerrar los ojos y pensar que una bola de luz azul recorría todas las partes del cuerpo, desde los pies a la cabeza, dejando una estela de relajación maravillosa, sin olvidar nunca la respiración.

“Bueno, pues ya está. Ahí tengo la bolita. Eso es, muy bien. Baja un poco, baja hasta los pies…venga…” Parecía que la bolita iba a su aire. Probablemente era porque no me estaba concentrando en la respiración y me encontraba muy tenso. Di dos inspiraciones profundas. Mucho mejor así. La luz empezó a rondar la planta de mis pies. “Todo está muy bien, qué tranquilo estoy, qué bien me está saliendo. Cada dedo de los pies se va a relajar, luego el empeine y los tobillos. La luz es cálida y envolvente. Qué bien me está saliendo…” Todo iba correctamente. Empecé a fijarme en propia respiración y claro, como normalmente respiro sin darme cuenta, cuando quise centrarme en ella estaba con una hiperventilación que me nubló la vista y oxidó gran parte del cerebro.”Volvamos a la luz. La bola azul recorre los tobillos… la bola azul se mueve por los gemelos…la bola azul me da paz…la bola azul…la bola…la… bo…la” En ese momento abrí los ojos, parándome a observar el magnífico cuerpo que posaba en la foto. ¡Ya me había despistado! Si es que no se puede estar pensando sólo en una dichosa bola de luz. Esta vez di cinco respiraciones muy profundas, a la tercera ya estaba mareado y en la última me sentí palpitar peligrosamente el ojo derecho. “Ven aquí bolita, y tú, aunque estés muy buena, te vas a ir un rato al chiringuito de tu playa a por una cerveza, o a comprar crema solar, o yo qué sé. A ver, estoy relajado… muy relajado…la luz vuelve a moverse, ahora por las rodillas. Sí, sí, las rodillas, que me duelen. Da vueltas, lucecita, da vueltas que estás muy calentita…” Mientras mis piernas se intentaban relajar, concentrarme en la respiración me estaba resultando demasiado estresante y dañino. Los mareos eran incesantes, mi piel iba alcanzando un bonito tono malva. De pronto sonó el móvil, introduciéndose violentamente a través de los pajaritos que servían de fondo a la música de relajación. “Mierda, ¿quién será? Encima me voy a tener que levantar.” El politono “soy minero” no dejaba de dar la lata. Con un cabreo considerable, me incorporé torpemente y me puse a buscar el dichoso teléfono. Adaptándose con elegancia a las leyes de Murphy, dejó de sonar en cuanto lo encontré. Rechiné los dientes mientras lo miraba esperando una nueva intentona de quien fuese. Lo apagué y volví a mi postura. “Bolita de luz amorosa, vuelve. Eso es. Me tranquilizo, me relajo, me concentro. Todos mis músculos de cintura para abajo están calmados…” Más respiraciones. Más sobredosis de oxígeno, muerte cerebral prematura.



- ¡Hijo! ¡Hijo! ¡Deja ya el ordenador, que te vas a quedar ciego! ¡Y ven a comer, que se te queda todo frío! - gritó mi madre desde la cocina, a la otra punta de la casa.


¿Nadie era consciente de que mi meditación era muy importante? ¿Por qué piensa que estoy siempre en el ordenador?


- ¡Luego voy!
- ¿Qué?
- ¡Que luego voy! ¡Espera un rato!


“Venga, luz azul, no desaparezcas que íbamos muy bien. Ahora estás por el vientre, los costados y riñones. Todo está en calma. Me concentro y olvido todas las interrupciones. Estoy aislado del mundo. Aislado y en paz”


Mi hermano entró en escena, por la puerta y sin llamar.


- ¿Qué coño haces ahí?- preguntó casi sin haberme visto. Después, encendió la luz. Se quedó mirándome, torciendo la expresión.- Tú estás muy jodido de la cabeza ¿lo sabías?.


Llevaba los ojos rojos y sonrisa sospechosamente jamaicana.


- Por lo menos no me fumo porros a las dos de la tarde. Flipao, que eres un flipao- contesté.
- ¿Me meto yo con el lexatin que te tomas todas las noches?. Si la mierda lo receta el médico, vale, pero si me lo administro yo, mal. A ver si te enteras que esto es natural, medicinal y está de puta madre, joder.
- ¿Medicinal? Anda y cierra desde fuera, que estoy ocupao.
- Sí, sí, tú di mucho de los canutos, pero yo no estoy sentado con la luz apagada, medio morado, sin pantalones y con una revista porno al lado. A saber qué coño estás haciendo.


Intenté decir algo, pero sabía que era inútil explicar a mi hermano algo que ni yo mismo comprendía. Para más INRI, entró mi madre con una cuchara de la mano.


- Que te he dicho que bajaras…- dijo sin haber llegado a mi habitación.- ¿Pero qué estás haciendo?.


La escena era tan surrealista como agobiante.


- Éste, que está viendo porno con la luz apagada y con música de pajaritos. Ya ves, y luego el raro de la familia soy yo- apuntilló mi hermano, orgulloso.
- Tú no eres el raro, eres el drogadicto, que es muy distinto.-Hizo una pausa- ¿Te has vuelto a fumar otro en la terraza? – madre se acercó a su cara- ¡Serás…! ¡Te acabas de fumar uno! ¿¡Pero cuántas veces te he dicho que en casa no!? ¿No ves que eso te va a dejar el cerebro retraído, más de lo que ya tienes?
- Mamá, si es que no puedo dormir, que tengo muchas preocupaciones. Me fumo alguno que otro para descansar, joder.
- ¡Pero si te acabas de levantar de la cama, so vago!
- Eso, eso- intervine yo, aprovechando que la atención del momento se estaba desviando.
- ¡Y tú calla, que también te huele!
Ups...Ya había vuelto a centrar la atención.
- No me gusta que traigas esas revistas de guarras a casa, pero mucho menos que te diviertas de forma tan descarada- me lanzó con una mirada penetrante, firme y marcial, recorriéndome desde los pies a la cabeza sin olvidar el pantalón arrugado que tenía al lado.
- ¡Pero si no es porno! ¡Es una revista de salud y medicina!
- Además eres tonto, que estás con la luz apagada. ¿Qué, de relax? Te falta el cigarro, aunque por cómo huele ya veo que te lo has echado.
- ¿No ves como él también fuma en casa?- se defendió mi hermano, un poco a destiempo.

La mirada de mi madre definió claramente las diferencias legales entre una sustancia y otra, a lo que mi hermano hizo mutis dando un paso para atrás.
Ya no había nada que hacer. Se impuso ese estado de razón inamovible que nadie es capaz de soltar cuando se cree en posesión de la verdad. Ella se fue de la habitación sin más, pero dejando una estela de enfado que casi se podía palpar. La bolita azul de mi meditación se fue a veranear con la guapa de la foto y mi hermano abandonó la habitación, sin llegar a saber nunca para qué había entrado. Por mi parte, ya había tenido experiencia trascendental de sobra.

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