Te escuché sin ordenar las palabras en mi mente porque sólo estaba pendiente del timbre de tu voz, del movimiento de tus labios y de la dirección en la que miraban tus ojos.
No me sobraba tiempo para otra cosa que no fuera disfrutar a tu lado, y por eso intentaba alargar la conversación como fuera, sacando de mi repertorio cualquier frase medianamente ocurrente o proponiendo algún tema que pudiera interesarte. La mayoría de las veces no resultó, lo sé, pero sabes bien que no puedo pensar claramente si estás cerca.
En ocasiones veía tus respuestas como guiños hacia mí, gestos personales que quizá me regalabas. Pero eso era imaginación, imaginación en estado puro. Si nuestras miradas se cruzaban era fruto de la casualidad, aunque yo no parase de mirarte. Si sonreías era fruto del contexto, y si me rozabas era sólo eso, un roce. Cuántas veces me había convencido de que había algo subyacente. Y sólo era yo. Sólo los innumerables cálculos de mi cerebro para reflejar en uno de tus gestos mecánicos toda una fantasía por desear. Sólo una ilusión más leve que el aire que emites al decir una palabra.
Pero estaba ahí, cegado por una venda que yo mismo había tejido, doblado y atado. Y era feliz, extrañamente feliz.

Seguí hablando, se nos iba el tiempo. Se nos acababan los temas. Entonces, acogido en una tenue aunque cálida luz, se hizo un silencio. No sé cuánto duró (me gustaría no saberlo nunca), pero la dimensión que alcanzó fue prácticamente eterna. En ese instante te besé, te abracé y te dije todo aquello que guardaba celosamente. En ese instante fuiste mía, mía por un segundo, mía para siempre. El silencio abrigaba y a la vez ponía en evidencia mi timidez. Tú sólo esperabas que pasara el tiempo, o quizás también me besabas. Desgraciadamente, es probable que sólo mi mente actuara durante ese espacio que la casualidad me había prestado. Pero no tenía importancia. Era irrelevante que tú sintieras lo mismo porque nunca pasó nada real, lo sabes mejor que yo. Eso sí, volví a besarte y a abrazarte, viajé contigo a todos esos lugares que quiero visitar, rocé tu mejilla suavemente, pasé la mano por tu cintura y te miré sin decir nada. Mientras permanecías sentada, con tus manos sobre las rodillas y esperando alguna frase que reactivara la conversación, yo caminaba a tu lado, fijándome en la caída de tu pelo sobre el pómulo, en el vaivén de cadera que acompañan tus pasos o en la fina arruga que se perfila, junto a tus ojos, cada vez que sonríes. Imaginaba todos los silencios que podría saborear contigo, cada uno de los instantes sin dueño que podría dedicar a contemplarte, cada porción de tiempo susurrado que tendría, afortunadamente, cerca de ti. Pero eso era fantasear en exceso. Lo único cierto es que ese preciso silencio, ese y no otro, era exclusivamente mío.
Se hacía tarde y tenías que volver a casa. En mi despedida se trabaron las palabras, entorpecidas por tantas otras que hubiera dicho y que jamás fui capaz de expresar.
Te alejaste caminando de la misma forma que había imaginado, pero esta vez yo estaba demasiado lejos.
3 comentarios:
Esta es muy, muy buena, sigues teniendo tu toque.
Silencios
Existimos
sin pertenecernos.
Bajo tenue luz
somos misterio
y mientras tanto
como una historia muda
habitamos
cada gota
de nuestros silencios.
WoW, pasion entre letras , muy bueno si señor.
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