Los dos días siguientes me alimenté a sopitas, infusiones, yogures y cigarros a escondidas. Aunque ya había recuperado varios de mis sentidos y las necesidades básicas las cumplía a la perfección, resolver problemas mayores me habría puesto en una situación delicada, así que no me moví del sillón, y me dediqué a practicar la contemplación y el retiro interior viendo la tele y leyendo catálogos caducados.
Por las mañanas ponen el programa de la salud, ese en el que el presentador es muy malo con todo el mundo y a punto está todos los días de hacer llorar al cocinero. El muy déspota da apenas treinta segundos al pobre chico, que seguro pasa muchas horas inventándose un bonito plato que esté rico y encima sea cardio-saludable. Antes explicaba los platos a toda velocidad, trabándose la lengua dos veces por frase mientras miraba de reojo a la guillotina del jefe. Ahora ha evolucionado y todos los platos los hace con una hoja de lechuga y una lata de anchoas. “Ponemos la lechuga, bien lavadita, abrimos la lata y lo servimos con cuidado. ¿Veis amigas, qué fácil?” Menuda mierda, pienso yo, pero tampoco hay que alarmarse. Total, ¿Quién va a apuntar una receta cuando justo antes de la hora de comer sale Arguiñano con su simpatía, su borrachera y su programa enterito para él? Es penoso ver a un cocinero tan limitado en su trabajo, pero por otro lado me hace mucha gracia la cara descolocada que se le queda cada vez que lo corta el jefe para comentar alguna tontería o para dar paso a una llamada, dejando sus anchoas con lechuga más tristes que su estampa, si cabe. Será mejor que no se vaya y aguante el chaparrón; dará un valor añadido al programa el día que se enfade y prepare un almuerzo a lo Aníbal Lécter.
Seguí viendo la tele porque no tenía nada que hacer o, mejor dicho, no tenía ganas de hacer nada. Al no interesarme las consultas telefónicas sobre osteoporosis, pérdidas de orina y demás temas habituales en la mañana saludable, sencillamente hice zapping. Entre canal y canal siempre los mismos anuncios: los milagrosos créditos instantáneos de tres mil euros. Desde la naranja mecánica no recuerdo una manera de condicionar más bestial que la de estos inhumanos seres bancarios. ¿Tiene alguien la capacidad de aguantar los treinta segundos que dura uno de ellos escuchando “3000 € en 24 h” repetido más de cien veces? Conscientemente, nadie. Y cuando intentas leer la letra pequeña, lesión de corneas enterita para ti. Si consigues leerlo y descubres el interés del 20%, fallo respiratorio. Es realmente impresionante el aguante del ama de casa media, el sector habitual que se traga esos consejitos, que ha sido capaz de no aumentar su tasa de suicidios.
Después de pasar por innumerables telenovelas, todas protagonizadas por el mismo grupo de amigotes venezolanos, y tras un leve parpadeo a través de magazines mañaneros con tufillo a salsa rosa, volví al programa de la salud, el único con cierto contenido humorístico de la mañana. En él aparecía un hombre totalmente cano haciendo la postura del loto, del gato y de la grulla. Yoga para todos, decía, pero no me lo acabo de creer. El buen señor seguro que lleva toda la vida retorciéndose y ya tiene los tendones como gomas, pero la gente del público y la que ve el programa desde casa, en su mayoría señoras bien entraditas en carnes con edades medias superiores a los sesenta y cinco años, más que tendones de goma tienen cordones de esparto (con todos los respetos). No me quiero imaginar, pero lo hago, a mi pobre abuelita intentando hacer la postura del gato. A ella, como a muchos otros, la única postura que les podría salir (y sin quererlo) sería "la ballena varada" o "la cucaracha panza arriba", ambas con necesidad posterior de ayuda y/o maquinaria para recuperar la verticalidad. El caso es que después de hacer el yogui durante un rato con una voluntaria del público, el trascendente señor viejo empezó a hablar sobre masaje taoísta. Este tío hace a todo, pensé, y recordé mi experiencia etílica con el monje chino. ¿No será que mi mente creó toda esa parafernalia metafísica porque algún día, medio dormido, me había tragado al señor este haciendo el capullo en el programa? ¿Habría mi mente guardado toda esa información para escupirla en el momento de fumar un canutito inocente? Como no soy excesivamente tonto, aunque muchas señales me digan lo contrario, me convenció la hipótesis y permanecí con la vista perdida, mirando una tacita de té bastante fea que tengo al lado de la tele. Apenas treinta segundos después negué con la cabeza para mí mismo, me reafirmé interiormente como el imbécil al que estoy acostumbrado ser, abandoné la hipótesis lógica y me afiancé en el convencimiento de que mi experiencia había sido una revelación, una señal y un punto de inflexión para mi vida. Muy atento, miré todos los pasos del masaje taoísta, apunté las direcciones relacionadas que dieron después, me fumé un cigarro con ansia y me quedé dormido, soñando con la doctora Roselló.
sábado, 18 de marzo de 2006
2. Secuelas lógicas
Escupido suavemente por
Enrique
a la/s
2:54 a. m.
Categorías sinsorgos
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1 comentario:
Grnadísimo relato tio...me he estado descojonando con las fantásticas aventuras del Capitan Tao y sus locos seguidores
Que siga la fiesta, que siga la risa, que siga la diversión incontrolada...y que sigan tus relatos, coñooooooooo!!
Besos, vasos, y pellizquitos en el culo, de esos que joden,
JuanLu
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