lunes, 6 de marzo de 2006

1. El momento cero



El veintinueve de enero entró el año del perro según el calendario chino. Ese día y no otro me pasé la tarde insuflándome buenas dosis de vino peleón con unos amigos que tampoco se quedaron cortos. Hicimos una ruta irrecordable no por complicada, sino por intensa.
Las copas iban pasando y el cuerpo pedía una tregua que ninguno estaba dispuesto a conceder. Justo cuando la rendición estaba casi firmada, le regalamos un destilado de caña de azúcar que lo dejó sin argumentos. Frustrado, decidió ir por su cuenta desobedeciendo cualquier orden. Cada extremidad pidió independencia y la vuelta a casa se intuía como un festival de vaivenes, mareos y sonrisas estúpidas.
Una vez repartidos todos los abrazos pertinentes, después de darnos la mano cientos de veces y tras intentar fijar en la mente las anécdotas de la noche como si fueran motivo de orgullo inmenso, se hizo la hora de buscar taxi. Al menos esa era la intención.
No pasaron ni cinco minutos desde la despedida cuando me encontré, sentado en un banco de piedra, a un antiguo compañero de universidad. Me pareció que estaba ahí simplemente descansando un poco, disfrutando de la noche. Obviamente, mi óptica no era nada objetiva. El banco estaba tan frío que no había culo que lo soportara, la helada que estaba cayendo hacía daño y él estaba, cuando menos, el doble de afectado que yo. Eso sí, su estado no le impidió hacerse un porrito en apenas treinta segundos. Gran demostración de memoria muscular.
-¿Te hace?- dijo mientras se resguardaba en su sudadera moderna de inspiración zen.
-Hace.-no suelo fumar, pero en mi estado todo me parecía oportuno.
Fue dar dos caladas y adiós. Ya no había marcha atrás. Todos mis músculos decretaron huelga indefinida. El corazón empezó a latir mucho más rápido para darme algo de ánimo, pero no sirvió de mucho. De pronto, sentí como si la piedra bajo mi trasero me absorbiera. Todo, absolutamente todo se hacía más pequeño y lejano. Dejé de escuchar sonidos definidos, tan sólo un pitido muy molesto se paseaba de oído a oído. Entonces, una forma lejana empezó a hacerse nítida. Era un hombre, un hombre muy gordo. Y calvo. Cuanto menos borrosa se hacía su situela, más puntos ganaba la hipótesis de la hostia que me iba a llevar. Yo no había hecho nada, pero algo me decía que volvería a casa con el eje torcido. Asustado, me cerré en una postura fetal, mirando de reojo a la bestia que se acercaba.
Era muy corpulento, enormemente engrasado. Pude ver aros en sus orejas, que se insertaban en lóbulos alargados. Se aproximaba lentamente pero de forma constante. Sin darme cuenta lo tenía casi encima. Mal asunto, y yo ahí sin reflejos para defenderme. Levantó su mano derecha y casi estuve a punto de pedir clemencia cuando lo vi dibujar extrañas formas en el aire. Intenté fijar la vista, dentro de mis posibilidades, y me pareció que escribía algo, no sé muy bien el qué. A la vez emitía sonidos muy graves, persistentes y sin pausa. No entendía nada de su vocabulario.
Sólo la inutilidad de mi cuerpo en ese momento me impidió salir corriendo.
Sin saber cómo, sus dibujos empezaron a definirse en el ambiente, y poco después se fijaron en su ropa. Sobre algo parecido a una toga muy larga que le cubría casi por completo aparecieron letras orientales, muy dispersas y trazadas con pincel grueso. Continuó hablando a la vez que movía, ahora sí, ambos brazos en círculos. Paró un instante y se sentó frente a mí, haciendo descansar los brazos sobre su regazo. Me miró con cierta condescendencia, a lo que respondí levantando los hombros, como diciendo “ya ves, aquí estamos”. No fue difícil deducir que tenía ante mí una especie de monje chino. Lo más complicado sería saber de dónde había salido.
Se quedó mirándome un rato. Yo lo miraba también. Se hizo un silencio extraño, casi desafiante. En décimas de segundo, me llevé un sopapo muy bien ejecutado que a punto estuvo de dejarme grogui. Mientras volvía la cara (ya sabía yo que alguna me iba a llevar) el monje empezó a hablar, pero esta vez entendía su lengua:
-El Tao…el tao…el tao es el camino…
En ese momento relajé todos mis músculos. Me sentía muy ligero, percibía mi cuerpo sobre un lago cálido y eterno. Había entrado en una especie de trance, de satori, de gracia. Estaba siendo iluminado, y el golpe a mano abierta había sido la vía de iniciación. Me había sido marcado un camino, la senda de mi propia vida, la ruta del tao.
No negaré que en ese momento el concepto tao era para mi tan interesante como desconocido. De hecho, lo habría asociado más con un nombre de perro que con lo que realmente es. Afortunadamente el contexto de la situación me situó en la abstracta realidad y permanecí en silencio, observando el paso de los acontecimientos sin tomar parte activa, relajado ante la posible vía metafísica que se estaba abriendo ante mis llorosos y enrojecidos ojos de borracho.
Mientras pensaba en lo distinta que sería mi vida a partir de ese momento, noté una fuerte sacudida. Otra señal, me dije, y no lo di demasiada importancia. Me limité a repetir mentalmente las palabras que me habían servido de inspiración: el tao…el tao… el tao es el camino. No había acabado de pronunciar esa frase cuando sentí otro golpetazo que desplazó todo mi cuerpo hacia delante. “¿Qué está pasando?”, me pregunté mientras intentaba recuperarme. Otro temblor y la figura que tenía ante mí se desvaneció en una silueta negra que acompañaba al resto del espacio que se hacía oscuro también. Todo estaba desapareciendo.
Un fuerte mareo y un zumbido realmente molesto era lo único que me quedaba cuando abrí los ojos de nuevo. Tenía ante mí al compañero de clase que se interponía sobre el lunes que amanecía. Me tenía agarrado por los hombros, zarandeándome sin ningún tipo de consideración.
-¡Atontao, atontao! ¡Has bebido mucho vino!
- ¿Qué?- respondí mecánicamente, aunque creía saber perfectamente lo que me estaba diciendo.
- Anda y mira a ver si puedes recordar dónde vives, que el taxi lleva esperándote un buen rato.
- Sí, sí.- dije desorientado, con la mirada totalmente perdida- El tao, el tao es el camino.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Estoy deseoso de ver los secretos del tao, a ver cuando sale la segunda edición.
Hasta otra maestro.

Anónimo dijo...

Enseñame ese camino, que con anelo deseo, para que mi cuerpo levite entre aires calidos de esperanza.

Anónimo dijo...

Muestrame ese camino que con artes, pueden hacer que hasta el mas ciego pueda ver.